Adiós a aquellas carnes

 

por Pablo Duarte; fotos: Ana Lorenzana

 
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Finjo que no escucho pero no me engaño. No falta mucho para el arribo de la temporada de los menús restringidos. Traigo, de fábrica, una leve inclinación a la acumulación de triglicéridos, a la caries iracunda y una sustancial reserva de bilis negra. Para qué negar que ya me esperan en la mesa donde sirven la ralladura de chayotes espolvoreados con orégano. Por ahora no. Todavía no. Sin embargo, atenazado por un dolor y una condición constitutiva, conozco bastante ya de prohibiciones. Nadie que me conozca dirá que soy una persona “intempestiva” o “despreocupada”. Dubito y tiemblo; transformo el gozo en desconfianza, o en culpa postergada. Igual nadie me conoce, por fortuna.

Me prohibí fumar un noviembre de hace más de cinco años. Lo he cumplido hasta ahora y no pasa día sin que cuestione la validez, la sensatez de esa buena decisión. Amanezco extrañando el mareo y la carraspera; la bocanada ardiente se me antoja y las ropas todas heridas por el humo ni me parecen ya tan graves.

Por razones que merecen quedar sin gran explicación, también, un noviembre de hace un año me prohibí comer ciertas carnes. Consumo ahora solo pescado y mariscos, pero no pulpo. Consumo, para resumir, la que no es carne de animales con altos procesos cognitivos. Es caprichoso y arbitrario, pero ¿qué resolución que se practique no lo es? Perdí, de la noche a la mañana a final del año, más de la mitad de los platillos del menú de casi cualquier establecimiento comercial de este país. Digo perdí porque mi renuncia –aunque integrada a la conciencia y ejercida con rigor sin altavoces de propaganda, es decir, calladito y aplicado– me pesa.

No es una renuncia que me haga sentir orgulloso. Lo mismo que los cigarros que deseo pero no fumo: no me aplaudo. Y supongo que las prohibiciones que no traen su propia gradería de porristas solo son eso: una cachetada a la voluntad. La recompensa de las prohibiciones de este tipo, a fin de cuentas, es la demorada y vaporosa convicción de que uno hace lo correcto. Y aquí, como en alguna tira cómica, se abre un hueco en el piso: es el abismo argumentativo al que nos lleva seguirle la pista a la moralidad de esta decisión. (Mucha gente ha escrito sobre la moralidad del consumo de carne, y con una lucidez y un lujo de detalle apabullantes; dense si les apetece.) El punto aquí, para esquivar ese desfiladero, es más bien otro: el reconocimiento de que no me hace feliz mi prohibición.

 
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Me despedí de la carne con un taco de chicharrón en salsa verde que aún me grita que no lo abandone. Recuerdo la periquera y la mesita individual en la que lo mastiqué. Recuerdo la exacta consistencia que, para entonces, le decía tanto a mi paladar como a mi remordimiento. No olvido el Boing de mango que maridaba ese manjar –ahora, el Boing de mango es autopista a la nostalgia de una crueldad que imagino no practico pero que no me hace feliz–. Desde entonces no hay desliz de madrugada. Muy pronto me olvidé de jugar el juego de las equivalencias –portobellos, por ejemplo, remedo de arrachera, cosas así–, y mi bolsillo no da para aferrarme a las sabrosísimas supercherías de la cocina vegana –¿cien pesos por un cuarto de yogurt hecho en realidad de lo que MacGyver tenía en el bolsillo? Me he amigado con cinco o seis verduras a las que recurro con tanta regularidad que parecen psicotrópicas. Tendría que ser un diligente cocinero de productos autorizados por mi censura y sin embargo desde adolescente no ingería tanta comida chatarra –cuidado, ese socavón es el abismo argumentativo que implican las crueldades inherentes a la producción de comidas chatarras. Quizá el único punto a mi favor es que también renuncié al proselitismo.

Escribir este ensayo, al final, traiciona esa última cláusula. Hago un proselitismo vago y eso pone en entredicho la moralidad de mis convicciones. Seguiré añorando el día en el que el litigio emocional al que someto el menú diario convenza al jurado de otorgarme un amparo feliz e incorrecto.~


Este texto es parte de nuestro especial Maneras de despedirse. Pueden leerlo aquí, y de paso decirle adiós a la versión impresa de HojaSanta.