Alrededor de la mesa I: Invitar

 

por HS; fotos cortesía de Gaia

 
 
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Hay quien dice que sólo podemos dar lo que ya hemos dado, sólo podemos dar lo que ya es del otro; también hay quien dice que todo regalo verdadero es recíproco: el que da no se priva de lo que da porque dar y recibir son lo mismo. Si eso es cierto, lo es especialmente en el regalo que es invitar a la mesa a nuestros amigos. La invitación ya es patrimonio de quien la recibe porque sin su presencia simplemente la cena se esfuma en el aire. Y la invitación es recíproca: yo, que te invito, estoy invitado también; sin mi presencia y mi entusiasmo la cena, otra vez, se esfumará en el aire.

Invitar es anticipar. Hay una fecha en el calendario, marcada con una nota, y durante al menos un par de días las horas parecen girar alrededor de ella. Todo es anticipación. Pensamos en recetas. A veces nos vamos a la segura: el guiso aquel que siempre ha recibido una unánime ovación, el postre del que todos suelen pedir una segunda vuelta. A veces nos ponemos temerarios: buscamos nuevas recetas o recuperamos aquella que nunca nos hemos dado el tiempo de hacer, y que tenemos señalada con un post-it en una revista de hace años. Una voz cautelosa nos previene al oído, pero nosotros decidimos callarla y lanzarnos al ruedo de esa receta nueva. Así es el regalo de la invitación: quien lo recibe está dispuesto a probar y aprobar con el corazón abierto. Seleccionamos los tragos –seguro alguien querrá un tequila, alguien más un mezcal–, ponderamos el orden de los vinos. Aquí también solemos tomar uno de al menos dos caminos: nos vamos a la segura, con maridajes a prueba de balas, o nos aventamos a la exploración, al maridaje sorpresa, al shock, al juego. No importa porque el invitado es tan generoso como el invitador. Las cosas saben bien cuando están elegidas con esa cordialidad.

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El mero día ponemos la mesa. ¡Qué locución curiosa: poner la mesa! La mesa es un objeto –bello, pero un objeto al fin– hasta que nosotros la ponemos. Entonces la cargamos de anticipación a ella también. ¿Qué le ponemos? Elegimos con todo cuidado y afecto los detalles. Colocamos los manteles individuales y, a su lado, los cubiertos de cobre. Disponemos la vajilla de cerámica gris, los vasos para el agua, las copas de vino e incluso el decantador. Queremos que nuestros invitados tengan todo a la mano; queremos que no les falte nada: no cuando están en nuestra casa. Ponemos las flores en el florero. Ahí están ya el servilletero, la tablita para los quesos, el cenicero inclusive porque en nuestra casa hay permiso para todo: esta cena es el remanso lejos de las prohibiciones que tenemos que padecer día con día en la vida real.

Entonces, después de muchas horas de cocinar, llegan nuestros invitados y el regalo de la invitación alcanza su clímax. Comemos, brindamos, bebemos. Alargamos la cena cuanto es posible. Hablamos de los dos grandes temas: ¿qué tal está la comida? y ¿a dónde vamos la próxima vez? Volvemos a algunos de los platos de la noche. Repetimos el postre. Cuando parece que la noche se acaba alguien pregunta: ¿Otra ronda? Unánimemente respondemos que sí, y la cena tiene un nuevo aire (¿es el tercero?, ¿el cuarto?). Luego, levantamos la mesa. “Déjenlo”, dices tú, “¡mañana recojo!”, pero todo regalo verdadero es recíproco y quien da no se priva de lo que da. Nuestros invitados ayudan: limpian, recogen la basura, lavan trastes. Los acompañamos a la puerta. Nos despedimos con besos y abrazos. Y volver a la vida no duele porque ya empieza otra vez a crecer la semillita de la invitación en alguno de nosotros. Todos los regalos son de todos.~

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