Hay pan de la abuela

 

por Margot Castañeda; foto: Ana Lorenzana

Este texto proviene de nuestro especial Entre la niñez y los recuerdos, que está listo para salir al público y trae un montón de cosas buenas. Vayan comprándolo aquí.

María Irma fue una abuela de cuento: pachona, canosa, sonrojada y animosa, como Grandma Fa en Mulán. No daba consejos, daba abrazos, horneaba pan de nata y hacía yogurt casero. Mis hermanos y yo también fuimos nietos de fábula: niños regordetes sentados en la mesa de la cocina, muy juntitos, con leche fresca —recién ordeñada— y pan de nata hecho por ella. Mamá siempre nos cuidó la alimentación, pero no pudo evitar que en su cocina siempre hubiera un molde rectangular con abundante pan grasoso azucarado y esponjoso, medio pellizcado por aquí y por allá.

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El pan de nata de la abuela era sólo eso: un pan. No cabe dentro de la categoría de panqué porque no era lo suficientemente aireado. Era denso, un poco poroso, crujiente por fuera y húmedo por dentro. No demasiado dulce. El tipo de pan que te deja los dedos untuosos, brillantes, satisfechos. No era un manjar elegante ni especial. Era cotidiano, una golosina siempre al alcance de nuestras rechonchas manos; una parte fundamental nuestra vida diaria y particular cultura alimentaria. Le encontramos varias formas de comerlo: Érick se servía un trozo descomunal en un tazón hondo y lo bañaba con leche fría para luego comerlo a cucharadas. Gibrán lo botaneaba cada vez que pasaba por la cocina. Yo lo pellizcaba y levantaba las moronas con el dedo índice mojado con saliva.

La receta es simplísima. Tanto, que hasta una niña distraída pude recordarla: por cada kilo de nata va medio de azúcar, uno de huevo, uno de harina, una vaina de vainilla, una cucharadita de polvo para hornear y un puñado grande —o dos puñados de niña— de nueces troceadas. La abuela lo hacía cada vez que el tupper de nata se derramaba en el refri. Bebíamos tanta leche que el tupper de la nata se llenaba cada dos por tres días. Entonces María Irma se ponía el mandil de flores azules alrededor de su panza aguadita. Yo me ponía el rojo. Ahí empezaba una danza bella, casi poética: abuela y nieta haciendo pan de nata en una cocina calentada por el horno y por el amor, afable y aromático.

Yo pesaba los ingredientes, ella embarraba el molde con manteca y harina. Yo vaciaba la nata en el tazón amarillo, ella batía primero. Lo hacía siempre con la mano derecha, la del dedo índice arqueado como el gancho del Capitán Garfio. Un día mamá le compró una batidora. Ella la conectaba y la dejaba quieta. La prendía a veces, cuando mamá le reclamaba que no la usara. «Sube más si se bate a mano», me decía. Cuando la nata ya estaba cremosita, le aventaba el azúcar por partes. Luego la vainilla y los huevos uno por uno. Gastábamos toda nuestra paciencia en este proyecto tan nuestro. Después la harina y el polvo para hornear. Entonces la masa se hacía pesada y había que aventarla de un lado a otro sin parar. Nos turnábamos. Mis hermanos veían cuatro capítulos de Batman y nosotras seguíamos batiendo y hablando sobre las historias de espíritus y fantasmas que vivió en Tacámbaro cuando era niña. Nada me gustaba más que embarrarme de masa y escucharla hablar sobre el perro negro que un día la persiguió y desapareció frente a sus ojos. Dejábamos de batir cuando la masa comenzaba a «abrirse». «¿Ves esos ojos?», me decía. «Cuando la masa te hace ojitos ya está lista, ya tiene suficiente aire». Entonces nos comíamos los restos de masa cruda sin que mamá nos viera.

Nunca supe cuánto tiempo debía estar el pan en el horno ni a qué temperatura. La abuela siempre se encargó de los detalles. Pasé cuatro años en la escuela de cocina y jamás me atreví a hacerlo sola. No es que sea complicado, sino que en panadería la precisión es vital. Hay que tener los ingredientes exactos en las cantidades precisas. Si la nata no es de la leche bronca que nos dejaba el lechero en la puerta de la casa todos los miércoles y viernes por la mañana, no sale. Lo probamos. Las natas de las leches pasteurizadas son una decepción: sin grasa, sin espesor, sin sabor. Si no se bate a mano hasta que la masa abra sus ojitos amarillos, el pan queda plano y apelmazado. Si no estamos la abuela y yo, juntas con nuestros mandiles cosidos por ella, el pan sale insípido.

María Irma también era una abuela gruñona, llorona, gritona. Se enojaba rápido y por todo aunque nunca guardaba rencor. Ella lloraba y yo me enojaba porque creía que las abuelas no lloran, consuelan. Peleábamos porque ella se enfermaba y yo no entendía por qué. Peleamos pero aprendimos a reconciliarnos en la cocina.

Poco menos de un mes después de que la abuela murió, convencí a mamá de que prendiera el horno. Ella aceptó sólo porque le perturbaba ver el tupper desbordante de nata cada vez que abría el refri. Esa sofocante tarde de otoño todos lloramos comiendo. Las lágrimas fueron tantito por ella y otro poco porque el pan de nata salió aplastado, soso, tristón. Mamá es buena cocinera pero el pan de nata no le sale aunque intente. No es de ella.

Ese fue el último pan de la abuela que comimos. El lechero (ojalá recordara su nombre) desapareció como el perro negro de Tacámbaro. Así, nomás. Una vecina nos contó que murió dos semanas después del viernes en el que María Irma me dijo adiós, moviendo su mano derecha, la del dedito de gancho como el del Capitán Garfio.

No he vuelto a la receta. Desde el 2012 me quedó el pendiente de apropiarme de ella, aceptar la herencia. No es ninguna ciencia. No es secreto familiar. Quizá no es el tipo del pan al que Neruda le hubiera escrito una oda. Es sólo un pan de nata que una abuela de cuento solía hornear para sus tres nietos zampones. Quizá ya es tiempo de ponerme el mandil, hablarles a mis hermanos y decirles: «Hay pan de la abuela».