Fondue

 

por Daniel Krauze; foto: Ana Lorenzana

Este texto proviene de nuestro especial Entre la niñez y los recuerdos, que está listo para salir al público y trae un montón de cosas buenas. Vayan comprándolo aquí.

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Desde niño me ha fascinado la forma en que comemos más que el sabor de los alimentos. Quizás por eso me gustaba el plátano, fruta que se presta para la comedia. Tampoco es casualidad que adorara las almejas, a las que abría en busca de perlas. Cada concha era como la envoltura de un regalo, y en los restaurantes de mariscos pedía abrirlas hasta cuando alguien más las ordenaba.

En mi infancia ningún platillo era más divertido que el fondue. Cuando volvía de Avándaro, mi familia paraba en La Cabaña Suiza, un restaurante antes de Toluca al que ahora, preparando este texto, me niego a googlear. No quiero saber si sigue ahí, si era kitsch, malo o más bien pequeño. Prefiero que se quede intacto el recuerdo que tengo de un amplio comedor de paredes de ladrillo, con mesas de madera oscura, altos ventanales, una chimenea al fondo y, en el jardín, detrás de rejas de metal, decenas de perros San Bernardo (afuera siempre hacía frío y estaba nublado). Tampoco quiero platicarlo con mi hermano, por miedo a que confirme mi sospecha: sólo parábamos en La Cabaña Suiza para darme gusto, porque estaba obsesionado con el fondue.

Recuerdo que lo servían en una olla de metal cobrizo y, al abrirla, el queso burbujeaba. Los mangos de los trinches tenían los colores del arcoíris. Yo elegía primero y después jalaba la canasta de pan, mientras decidía si escoger un pedazo de bolillo modesto o uno grande. Mientras más grande el trozo mayor la posibilidad de que naufragara en la olla, pero mayor también la recompensa. El propio queso cambiaba de sabor y consistencia al enfriarse, pungente y casi líquido en un principio, dulce y pegajoso hacia el final. Cuando ya no quedaba más, mi hermano arrastraba una cuchara por el fondo de la olla, en busca de esas láminas fritas adheridas al metal. Todos comíamos del mismo plato y el mismo pan. Alrededor del fondue éramos una familia.

Muchas rutinas de la niñez se acaban en un parpadeo. Una tarde pasamos de largo y ya no paramos en La Cabaña Suiza. Cuando he vuelto a comer fondue siento que es demasiado queso para una sola persona. Hasta la fecha me asesta una extraña nostalgia cuando me topo un San Bernardo, como si ese animal perteneciera a un cuento de la infancia y no debiera estar ahí, frente a mí, meando la banqueta.