El último grano escarlata

 

por Teresa Zerón; foto: Ana Lorenzana

Este texto proviene de nuestro especial Entre la niñez y los recuerdos, que está listo para salir al público y trae un montón de cosas buenas. Vayan comprándolo aquí.

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«Algún día el señor te va a llamar», decía mi tía abuela, la monja Teresa, mi tocaya, en el patio del convento donde la visitábamos. Nunca entendí por qué quería que siguiera sus pasos, pero sus palabras me asustaban. «Mamá, ¡por favor no!», yo le suplicaba y ella reía. Los fines de semana me forzaban a visitarla. «¿Ya fuiste a misa?», me preguntaba cada monja con la que me cruzaba y yo respondía con una mentira o mi mamá me hacía caras.

El patio del convento en Morelia era grandioso, con matas más viejas que la colección de monjas que enclaustraba. La tía abuela sólo podía recibir visitas durante las mañanas de los sábados. Mientras mi mamá y ella platicaban, yo me fugaba y me perdía entre las plantas; eran cientos, con olores y colores distintos. También había una pequeña hortaliza que me gustaba inspeccionar. De pronto sacaba una papa, una zanahoria o una cebolla y la escondía entre mi falda. Debía estar buza, pues si me cachaba la monja encargada me regañaba, me forzaba a pedir perdón y luego a regresar la verdura.

Una zona del convento estaba prohibida para las visitas. Ésa era mi área preferida. Cuando no había ojos a la redonda, me escabullía. Había que cruzar por una puerta y luego continuar por un pasillo silencioso, iluminado y también decorado por plantas. Ahí tenía que ser más precavida; cada paso, imaginaba, rebotaba hasta donde estaban mi madre y mi tía. El pasillo daba a un patio: cruces e imágenes de la fundadora de la congregación colgaban. También la foto de un padre que a veces las visitaba. Sus ojos, creía, me seguían. Del otro lado del patio estaba un taller en el que fabricaban ostias, galletas y rompope. En bolsas apilaban los recortes que, en la entrada, a los transeúntes, vendían. Cada una iba engrapada. Mis manos eran tan pequeñas que las metía entre las grapas y las pellizcaba. «¿Dónde andabas?», preguntaba mi madre, y yo respondía con una mentira: «en la capilla».

 Solamente me permitían cortar flores si, al final, el ramo se lo entregaba al santísimo. Así que, acatada a sus órdenes, eso hacía. Cortaba de todas unas pocas, para que ninguna quedara palidecida. Ahí descubrí que las flores viven por temporadas y que si al ramo no le ponía suficiente agua en pocas horas se marchitaba. Una mañana, una de mis flores favoritas, roja y como peludita, ya no existía. En vez de eso, del árbol colgaban unas bombas, más grandes que mis manos, con cáscara medio verdosa. Con la ayuda de un banco me estiré hasta llegar a una. Al arrancarla, ésta resbaló entre mis manos y cayó. El impacto la reventó y develó un interior rojo radiante. Sorprendida corrí con mi madre y mi tía y se las mostré. «Es una fruta», me explicaron, una que aún no conocía. «Pruébala», recomendaron. Adentro parecía un enjambre de pequeños rubíes. Era dulce y fresca, como el agua. También crujía. Con las manos la rasqué y dejé sólo la cáscara. Regresé al árbol y bajé otra; luego otra. Los dulces rojos eran mis favoritos y ahora esta fruta me enamoraba. «¡Vámonos!», sentenció mi madre al descubrirme con los labios, las manos y la cara teñidos de rojo. Bajo la falda escondí una última.

Al llegar a mi casa, se la regalé a mi hermano. «Ya la conozco», me dijo despreocupado. Era mayor y me la regresó. También la devoré. Horas después, comencé a sudar y mi estómago se revolvió. Vomité toda la noche hasta que exprimí fuera el último grano escarlata. Me tomó diez años poder volver a probar una granada.