Aguas bien calientes

 

por Jorge Pedro Uribe Llamas; foto: Ana Lorenzana

Este texto proviene de nuestro especial Entre la niñez y los recuerdos, que está listo para salir al público y trae un montón de cosas buenas. Vayan comprándolo aquí.

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La pubertad no fue tanto una etapa como una ciudad. Tan caliente Aguascalientes que muy pronto se evaporó mi infancia. Eran los años del Tratado de Libre Comercio, cuando el chicle de Popeye convivía en tensa paz con el maguito de Sonric's. Los cereales estadounidenses con Maizoro. Price Club y Julio Regalado. Entonces abrió Sanborns, que muchos llamaron Sangrons. Hoy el local lo ocupa una universidad, en la planta baja de Torreplaza. Éramos niños de Bosques y Pulgas Pandas, fraccionamientos nuevos de molduras doradas y no pocos techos de dos aguas. La calma chicha, el solazo, las teces rojizas. Empezamos a juntarnos por las tardes en Sanborns, señorcitos con voz de pito. El café a siete pesos, bendito refill; las meseras debían odiarnos, yo creo que nunca dejábamos propina. Cuando había más dinero compartíamos un pan dulce entre los tres. Una vez incluso nos compramos un casete de autohipnosis, ahí mismo en los discos, para dejar de fumar, aunque no fumáramos, y lo rifamos. Me lo gané yo, y lo escuché casi cada noche religiosamente. Religioso era el colegio. Teníamos catorce o quince años. ¿Enchiladas suizas? Ni soñarlo. Además ya habíamos comido en nuestras casas. Así que puro café. Las horas se nos pasaban volando, platicando. Preparábamos un plan: escaparnos a Sacramento. Nos iríamos de aventón, adiós a la escuela, que igual no nos iba a servir de nada, trabajaríamos duro y nos veríamos en cafeterías parecidas, sólo que gringas. Había que planear bastante. Perfeccionar nuestro inglés. Yo ya lo hacía con las revistas importadas que vendían carísimas en Sanborns. Las hojeaba de pie al grado de aprenderme las reseñas de los discos, las entrevistas a los grupos. Ya luego me regalaban alguna mis papás. Siempre se nos hacía de noche, estábamos ahí desde las cinco. Qué hambre, ya es bien tarde, le seguimos mañana. En la casa cenaba quesadillas con Tortillinas y queso asadero. Las telenovelas en pacífica tensión con mis revistas inglesas. La muchacha en una silla de la cocina, mi mamá haciendo la salsa, qué rica le quedaba, con aguacate y cilantro. «Desde que soy niño sólo he cenado quesadillas y pan dulce», me confesó un día un compañero del salón. A él no lo invitábamos. Usaba lentes, y sus papás parecían sus abuelitos. Con Julián y Arturo me hice grande bebiendo café y vaciando el azucarero a cucharadas. Después Arturo se fue a vivir a Sacramento, él sí, y aunque regresó al poco tiempo fue difícil volvernos a frecuentar. Yo ya había comenzado con las obleas con vino, una buena época.