Menú de niños

 

por Begoña Sieiro; fotos: Jake Lindeman

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Partamos de dos ideas preconcebidas: me encanta salir a comer a restaurantes y soy mamá de un toddler (no existe palabra equivalente en español y es necesaria; en inglés incluso bautizan estos meses como toddlerhood, un momento en la vida tan enérgico y agotador como la adolescencia). Este ser de 70 centímetros y 10 kilitos –másmenos–, protagonista de mis aventuras diarias, es un niño greñudo, explorador, demandante y glotón. Antes de que llegara a robarse mi tiempo y mi energía (y mi corazón, obvio, pero no es momento de ponernos cursis), yo disfrutaba mucho de ir a comer a algún restaurante –nuevo o consentido–; yo, también, puedo ser exploradora, demandante y glotona: disfruto por igual una torta de la calle con refresco de vidrio como unos mejillones al vino blanco.

Ahora salir a comer representa un largo cuestionamiento: ¿Nos acompaña o se queda? ¿Quién lo cuida? ¿El lugar tiene área de niños? ¿Hay nanitas? ¿Ya comió?

Si va a ir, tienes que estar preparado: un paquete de toallitas húmedas, babero y/o cambio de ropa (a veces pienso que también deberíamos llevar una muda para las mamás), y una tonelada de paciencia. Tristemente, las tortas de la esquina y todo lo callejero queda relegado a los ratos en los que el fugitivo en potencia no esté invitado. Pasa lo mismo con los restaurantes de moda, los muy pequeños o muy gourmet: desde que entras ya fuiste fulminada por miradas tantito menos desaprobatorias que cuando te subes a un avión con esos mismos 10 kilos de llanto potencial en brazos. Así que se imaginarán lo que nos queda: comida rápida, a los que rara vez me acerco, o restaurantes familiares. Sí, así he decidido llamarles a los lugares donde la comida es promedio, la decoración es promedio, el servicio es promedio y los precios varían… Pero –gran pero positivo– tienen un espacio destinado a que tus hijos: no-te-molesten. Bendito espacio.

Pero –gran pero negativo–: el menú infantil.

Siguiente cuestionamiento: ¿Por qué todos los menús de niños son iguales? Y, más allá de eso, ¿por qué son igual de malos? Todos ellos, al menos en México y en Estados Unidos, casi idénticos: mini versiones (o no tan mini) de la comida más chatarra y comercial que se les pudo ocurrir; hamburguesas, pizzas, nuggets de pollo o deditos de pescado, a veces un hot-dog, un mac & cheese o pasta al burro o pomodoro. Todo acompañado por una porción de adulto de papas a la francesa que, por supuesto, te acabas tú (de una en una, como que no quiere la cosa).

Cada vez que pido «el menú infantil» espero que sea algo nuevo y diferente. Y, cada vez, me vuelvo a «sorprender» de que sea la misma mierda que, además, mi hijo ha decidido rechazar por completo (no vayan a pensar ustedes que esto tiene fundamentos cien por ciento saludables, son más que nada prácticos).

Así que este cuestionamiento se mantiene sin respuesta. ¿Por qué no hacen mini versiones de sus especialidades o de la comida tradicional del lugar? ¿Por qué asumen que a todos los niños les gusta lo mismo? Y, peor, ¿por qué asumen que los niños sólo comen comida chatarra? El otro día fui a comer a un lugar de hamburguesas al carbón. Sabiendo que mi hijo de año y medio no se come nunca una hamburguesa entera, por más infantil que sea el tamaño, ni siquiera me asomé al menú de niños; en cambio, en las Entradas, me encontré con unas mini-empanadas. Fue perfecto: tres sabores distintos, proteína, verdura y carbohidratos combinados, y se podía comer con las manos. Inmediatamente pensé: ¿cómo es que esto no está en todos los menús de niños?

Cada lunes nos mandan el menú de la semana de la escuela. Cada mamá se encarga una semana al año. Así, a todas nos toca. Es libre, abierto y, la verdad, muy cómodo. Evidentemente todas buscamos darles gusto a los niños, aunque sabemos que los ojos de las mamás y maestras están sobre nosotras, así que haces un esfuerzo por complacer a doble audiencia. Casi nunca faltan los coditos con salsa mantequillosa/cremosa, los sándwiches de jamón y queso, y los hot cakes. El otro día, a la hora de la salida, me chismearon que el único niño que se había comido muy feliz el lunch de huevo cocido con brócoli y vinagreta de eneldo (o algo así) había sido el mío. No me sorprendió nada, aunque en mi casa jamás ha comido nada parecido.

A él le encanta el huevo; el queso, el mango y el arroz; la sopa de pasta, los cheerios y un buen taco de aguacate. Y, de postre, pasitas con chocolate. Lo que no le gusta nada es aquello que se asume debería gustarle: el empanizado. La carne de res. Las papas fritas.

¿Es muy difícil darse cuenta de que un consomé de pollo, un fideo con pedacitos de jamón o hasta unos rollos pequeños de sushi darían más gusto al público en cuestión? ¿Quién dijo que los niños no disfrutan un coctel de camarón, un arroz frito o hasta una sopa del día? Alguien por ahí que me explique por qué es tan difícil hacer versiones pequeñas de los platillos de su carta. En mi familia y hemos optado por pedir nosotros y darle de nuestro plato: se come las verduras al vapor, el puré de papa y los bollitos rellenos de queso crema mucho más contento que cualquier nugget.

Los niños tienen gustos y preferencias tan marcadas como nosotros. Y desde muy pequeños. Hay sabores que prefieren. Hay días que se les antoja una u otra cosa; no siempre lo mismo. Propongo que cada lugar haga su propio menú de niños. Que lo diseñen con tiempo y dedicación. Que hagan pruebas y tengan una oferta variada. Que lo cambien de vez en cuando o pongan sugerencias. Que los platos sean de un tamaño acorde al cliente y que las guarniciones combinen. O, en su defecto, que me dejen pedir un cuarto de orden para el glotón que tengo en casa. Porque a veces es mejor sentarse y sólo disfrutar la chela que seguirse cuestionando qué diablos van a comer los niños.