Rosita Alvírez no ha muerto

 

Este texto apareció en el volumen 7 de HojaSanta, De aquí y de allá: Migraciones. Pueden hacerse de un ejemplar en nuestra tienda

por Farid Barquet; fotos: Jimena Oliver

a Benjamín de Buen

El día que la mataron
Rosita estaba de suerte:
de tres tiros que le dieron
nomás uno era de muerte.
El corrido de Rosita Alvírez

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En 2001, tras la vuelta de Hugo Sánchez como entrenador, los Pumas de la UNAM levantaron el vuelo. En consecuencia, aumentó considerablemente el número de amigos dispuestos a acudir al Estadio Olímpico Universitario para ver in situ al equipo auriazul cada dos domingos. En vez de citarnos a las afueras del estadio para entrar juntos y presenciar en grupo los partidos, los amigos elegimos como punto de reunión una taquería conocida como Rosita Alvírez, en honor a un famoso corrido de la Revolución Mexicana de la autoría del coahuilense Felipe Valdés Leal. Al menos esa fue su denominación original, aunque desde hace muchos años se llama Antojería Guille, un recinto donde se amalgaman con maestría, cobijados por una tortilla, los sabores del chicharrón, la longaniza y la cecina, aliñados con un torrente de salsa de chicharrón en chile morita más un toque —discreto pero imprescindible— de limón y cebolla.

El Rosita se ubica en una zona de la ciudad de connotada tradición fritanguera: la colonia Portales. Después del triunfo de la Revolución, los predios sobre los que se asentaron extensas haciendas durante el Porfiriato fueron expropiados y divididos; las fracciones resultantes se convirtieron en colonias. A lo largo del siglo XX, la traza de varias colonias cambió radicalmente por las cirugías mayores que se les practicaron, principalmente en los años sesenta y setenta. La construcción del Sistema de Transporte Colectivo Metro y la apertura de los Ejes Viales durante el sexenio lopezportillista modificaron a tal grado el entorno urbano que algunas zonas de la ciudad parecieran ser las obras más acabadas de un cirujano hiperactivo. Un caso paradigmático es precisamente la colonia Portales: resultado de una operación de reparto de tierras llevada a cabo por Emiliano Zapata y surcada muchos años más tarde por el Eje 7 Sur y la Línea 2 del Metro (una de cuyas estaciones está dentro de su perímetro y lleva su nombre), mantiene un carácter al mismo tiempo habitacional y comercial. Además de contar entre sus vecinos al cronista citadino Carlos Monsiváis y a Jorge «Biólogo» Hernández, cónsul de Cooperstown en los linderos de Municipio Libre, la Portales es famosa por su mercado de chácharas y fierros viejos, así como por ofrecer una gran variedad de antojitos.

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A tono punzocortante con los machetes que su progenie zapatista evoca y con el bisturí de los urbanistas y desarrolladores de transporte que marcaron su rostro con cicatrices asfálticas y ferroviarias, la Portales parece haber dispuesto deliberadamente la ubicación de Antojería Guille precisamente sobre una «cuchilla» (símil con el que los defeños nos referimos a las calles diagonales, que según el escritor Sérgio Rodrigues abundan en otra capital iberoamericana: Brasilia[1]): la calle Ajusco, que nace en Calzada de Tlalpan.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, un cuchillo es un «instrumento para cortar formado por una hoja de metal de un corte solo y con mango». Quienes conocemos Antojería Guille, el otrora Rosita Alvírez, podemos coincidir con la definición de los académicos en cuanto a la fisonomía del objeto, no así en lo que se refiere a su función. Así como el político e intelectual tuxpeño Jesús Reyes Heroles afirmaba que en política «lo que resiste, apoya», los asiduos al Rosita Alvírez hemos sido testigos de que «lo que parte, une»: los cuchillos que blanden con autoridad las siempre impecables señoras del lugar parecen no cortar, ni partir, ni desunir. Por el contrario, son instrumentos para hacer delicadas incisiones que sobre el tronco para picar —sustituido hace unos años por una tabla de plástico en cumplimiento de estrictas disposiciones sanitarias— hacen brotar una fusión de sabores virtuosa, única e irrepetible que, gracias a los buenos oficios de Adriana —bautizada afectuosamente como Tía Adri—, trasmina al territorio de los comensales, donde los aficionados Pumas nos unimos para hacer profecías acerca del desenlace futbolero que la tarde del domingo nos deparará.

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Una vez deglutidos los tacos campechanos —especialidad de la casa junto con los costeños— acompañados de frijolitos charros y una «malteada» —Tecate preparada—, debemos desplazarnos sin escalas de Ajusco a Ajusco; desde la cuchilla de la Portales así denominada hasta el Estadio construido, como dice Rafael Pérez Gay, sobre «el magma del Xitle que sepultó a los pueblos cuicuilcas»[2], esa lava que según Julio Scherer García «por sí sola definiría el gris»[3], ese «áspero territorio»[4] al que se refería Vicente Leñero para evocar el pedregal en el que se asienta la Ciudad Universitaria y del cual, según palabras de Diego Rivera, «el Estadio Olímpico nace con la misma lógica que los conos volcánicos que forman el paisaje donde se encuentra»[5].

 Antojería Guille no sólo nos ha permitido a muchos aficionados pumas hacer placentero el previo de los partidos desde las ocho de la mañana, sino que varios hemos encallado en sus mesas después de una intensa noche de sábado; al igual que a Rosita Alvírez la del corrido, habemos quienes no tenemos «la culpa de que nos gusten los bailes».

Alguna vez llegó hasta mí la información de que así como existe un colesterol «malo» —preocupación inspiradora para Fito Olivares—, que obstruye las arterias como Darío Verón interrumpe los ataques rivales, también existe un colesterol «bueno», que contrarresta los efectos nocivos del primero. Tengo la sospecha de que el «colesterol bueno» no es el resultado de ningún avance en el conocimiento del cuerpo humano, sino que se trata de una invención urdida como justificación por algún adicto a los tacos del Rosita. Toda persona que conoce Antojería Guille, nuestro querido Rosita, tendrá que conceder que los edificantes tacos campechanos y costeños sí traen consigo alguna dosis de colesterol, sin embargo, contra toda evidencia médica, tendrá que afirmar con absoluto convencimiento que se trata única y exclusivamente de colesterol del «bueno».

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Nunca he llevado a persona alguna a Antojería Guille que no haya regresado por su propia cuenta y en compañía de nuevos conversos. Tampoco he llevado a nadie que no me haya preguntado después de la descomunal experiencia: «¿Por qué el local abre únicamente los fines de semana?» Como a mí me resulta igualmente un misterio, lo único que atino a responder es esa máxima de la sabiduría popular de acuerdo con la cual prodigarse en lo extraordinario equivale a convertirlo en insípida rutina: «De lo bueno, poco.»~


 

Notas

[1] Rodrigues, Sérgio, El regate, Anagrama, Barcelona, 2014, p. 12.

[2] Pérez Gay, Rafael, “Venimos de la tierra de los muertos”, en Esquinca, Bernardo y Vicente Quirarte (antólogos), Ciudad fantasma. Relato fantástico de la Ciudad de México (XIX-XXI), Tomo I, Almadía, Oaxaca, 2013, p. 137.

[3] Scherer García, Julio, La terca memoria, Grijalbo, México, 2007, p. 151.

[4] Leñero, Vicente, “Una estatua para Miguel Alemán”, en, del mismo autor, Periodismo de emergencia, Conaculta, México, 2013, p. 191.

[5] Campus Central de Ciudad Universitaria, UNAM-UNESCO, México, 2007.