Ayer en el turismo chilango

 

por Alonso Ruvalcaba

De paseo por el centro

1905. La ciudad de México todavía tendría un sabor a viejo: hay aún mucho tezontle, conventos como fortalezas, calles empedradas con matatenas de río. Viajeros y locales paseaban por Plateros (Madero, hoy), para ver las joyas; avanzaban hasta la plaza y el Empedradillo –que recién remodelaron–; la cortesía típica de la ciudad de México tenía, entonces, un cariz aristocrático: aquél se quita el sombrero de copa o seda o el bombín casi esférico o el sombrero de charro; aquélla va enjoyada, escotadas de los hombros y la garganta, con tocado de plumas de avestruz; con bucles negros o ambarinos, con trenzas recogidas en peinetas de carey; los rizos les caen sobre la frente y los cachetes, y sobre la nuca también; los hombres se recargan en los muros para ver pasar lento a las mujeres –y requebrarlas– o los carros con mujeres en “lujosa competencia”, con su sombrilla blanca colgada del antebrazo, y el corset extremando los senos y las espaldas (“pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo! / ¡Nadie se salva del sombrillazo / que le descarga sobre la sien!” escribía el Duque Job), y están por todos lados, frente a la catedral, frente al portal de mercaderes, sobre Cinco de Mayo, o en la plaza con sus árboles todos copudos.

1950-hoy. México siempre ha sido ciudad dulcera. (Recuérdense los escándalos de las Damas Chocolateras que lo bebían en la mismísima iglesia.) Novo enumera: “Pirulíes, bloitas, trompadas, charamuscas, azucarillos, coronitas, varitas de azúcar, pepitorias, muéganos, cocadas, calabazates, camotes, mostachones”… Hacia 1950 Salubridad ya había ido desapareciendo a los vendedores callejeros, pero aún se podía recorrer el centro en busca de esas joyas: las había en La Flor de Tabasco de la calle Tacuba, en La Dulcería de Celaya que aún hoy oficia sus misterios sobre Cinco de Mayo, en La Flor de de Guerrero de Tacuba comíamos helados…

Con el azúcar hasta arriba quedaba tiempo de visitar librerías: la viejísima Porrúa, en el barrio de la universidad; la Antigua Librería de Robredo sobre Luis González Obregón; la librería de Cristal, frente a la Alameda (¿todavía quedaban álamos en la Alameda?; no, creo que no); o, si era época, la feria del libro que ya se celebraba todos los años en Minería… Hoy, preferimos las librerías de viejo de Donceles, con sus estanterías imposibles en cualquier idioma…

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O preferimos las tiendas, que en el centro siguen agrupándose por calles: allá en Allende y el eje 1 hay todo lo necesario para ceremonias, bodas, quince años, luz y sonido; los casimires sobre Isabel la Católica desde Madero hasta Donceles; los grandes almacenes sobre 5 de Febrero; los aparatos fotográficos sobre Donceles; las telas de lujo en Venustiano Carranza; las elegantes tiendas de Gante; la ropa casual sobre Izazaga…

Portadores de fe

O preferimos, como otro turismo (el turismo devoto), recorrer las iglesias que han dado tanto renombre a la ciudad durante tantos siglos; no ciudad de los palacios: ciudad de la fe, de la devoción y de la mortificación también. Peregrinos vienen a la basílica de Guadalupe, allá en la Villa, cada año, a pie –de rodillas, por lapsos–, a ver, a besar, a celebrar a la virgen. O buscan la Catedral y su Sagrario con encaje de piedra y el purpúreo Señor del Perdón; su tablero central de la Asunción (aunque el hecho suele olvidarse, tal es la advocación de esta iglesa, la Catedral de la Asunción de María); su rojinegro Señor del Veneno, que antes estuvo en Porta Coeli; su impresionante y articulado Señor de la Columna en la capilla de la Soledad; su Señor del Cacao en la capilla de San José; su Señor del Buen Despacho… O van al templo de Santo Domingo a adorar al Cristo de la Cañita; o a la Capilla de la Inmaculada Concepción, frente al Salto del Agua, donde también se venera al Cristo del santo Entierro; o a la inclinada Iglesia de la Profesa, a festejar el 5 de agosto a Nuestra Señora de las Nieves… (Por supuesto, no se necesita ninguna devoción para fascinarse con el barroco de estas iglesias; con su belleza de tezontle, piedra empapada en sangre; con su arquitectura encendida.)

Por la Reforma

Uno de los detalles más vistosos y entrañables de la ciudad de México han sido sus paseos en vehículos –caballos, coches, autos. Ya el viajero inglés Thomas Gage, en el siglo XVII, escribió que en la ciudad todos eran “tan vanos y tan ricos que más de la mitad tenían coche”; en la gran inundación de 1629, las lanchas de los ricos eran notables por los toldos, los adornos, los garigoles dorados; antes aún, el capítulo III de la Grandeza mexicana –tal vez la primera guía de turistas de América– advertía:

Los caballos lozanos, bravos, fieros;
soberbias casas, calles suntuosas;
jinetes mil en mano y pies ligeros.

Ricos jaeces de libreas costosas
de aljófar, perlas, oro y pedrería,
son en sus plazas ordinarias cosas…

Esos jaeces luego se convirtieron en cortinitas rojas para los forcitos que fueron nuestros primeros transportes colectivos, y hoy mismo, microbuses y autobuses son pequeños altares o aparadores de todo tipo de dijes…

Y para presumir tanto adorno ¿qué mejor que los bellos paseos de la ciudad? Alrededor de la Alameda, por ejemplo; o sobre Bucareli; o, mejor aún, sobre la Reforma, que en principio se extendía de la Alameda al castillo de Chapultepec. Así lo recuerdan los encantadores versos de Gutiérrez Nájera:

Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen bistec,
media botella de rico vino,
y en coche, juntos, vamos camino
del pintoresco Chapultepec…

Y así remembra la Nueva grandeza mexicana el paseo: “Mira sus estatuas laterales asegurarse la espada, el kepí, la muleta… Mira las estatuas de sus glorietas –el Caballito, vaciado de una pieza por Tolsá, Colón, Cuauhtémoc, la dorada Independencia con su vela perpetua– y la apetecible, flamante, glamorosa Diana… Mira todas esas estatuas, porque cada una de ellas tiene una historia y guarda un recuerdo…”

Y al sur de la Reforma: la querida zona rosa. Primero con el agradable sabor vienés de la pax porfiriana; luego, con el prendido acelere de artistas: Cuevas y su conocido mural efímero, Guadalupe Amor, Manuel Felguérez; la llegada del Champs Elysées, uno de los restaurantes que más contribuyeron al desarrollo del paladar chilango (para no ir más lejos, ellos nos enseñaron a comer buena mostaza); la decadencia del barrio hacia el principio de los noventa y su actual resurgimiento como espacio gay, local y turístico, divertido, sudoroso, feliz, que se entretiene sobre todo en la preciosa calle de Amberes.

El sur: dos paseos

Dos paseos han sido claves en la historia del turismo chilango, tanto para los que llegan de visita como para los que viven o vivieron su vida en la ciudad: San Ángel y Xochimilco. Hacia principios del siglo pasado para ir a Xochimilco había que esperar un tren tempranero en la “plaza de México” rumbo a Tlalpan. Si no había novedad, a eso de las nueve el tren llegaba a Huipulco, donde se conseguían coches que llevaban hasta Xochimilco. Era buena idea desayunar tacos de puesto en esa escala. Así se lee en las páginas de El bar de Rubén M. Campos: “[Se proponía] tomar un taco picante y caliente, al ver la gran cazuela de chile con rajas y tortillas que se cocían en el comal: de allí pasaban a las manos de quienes las quisieran, en un puestecito de refrigerios que había junto a la estación. Hechos los tacos de las rajas en las tortillas calientes [pedíamos] xomas de tlachique dulce y espumante…” (Las xomas, por cierto, son jícaras; el tlachique es pulque.)

Por entonces el lago de Xochimilco era hiperverde, y aún surtía de flores a buena parte de la ciudad de México. El turista, como dice El día de campo en Xochimilco, vería algo así: “Unas cuantas trajineras y unos cuantos cayucos bastaban para el tráfico diario; el aspecto desierto del lago [en día feriado] dábale más encanto; era un acontecimiento cruzarse con una trajinera rebosante de forrajes y legumbres, o con una que otra india rezagada con su largo y angosto cayuco henchido de flores. Los huexotes semejaban plumeros que ondulasen al viento, algunos de ellos de alturas fabulosas; y los sauces llorones besaban las superficies de las aguas con sus follajes volcados de un perpetuo verdor… Limpio de toda urbanización y poblado solamente de unas cuantas cabañas de paja, daba la impresión de internarse en un lago salvaje, de la antigua Anáhuac poblada por una raza de bronce entregada a la vida lacustre bajo otros dioses.” Después, entre otras cosas tras del estreno y éxito pasmoso de María Candelaria (Emilio Fernández, 1943), con Dolores del Río y Pedro Armendáriz, mucho más miradas voltearon hacia Xochimilco, aceleraron su población (y polución, ni modo) y multiplicaron su turismo, que después volvió a decaer. Hoy, el paseo tiene poco de la verde escapada de hace un siglo y mucho de kitsch, con sus trajineras de nombres femeninos, mucho de reventón (de ley: carnitas, cervezas y ron) y hasta un cachito de nostalgia por ese pulmón de la ciudad, ese respiro y esa ducha de agua fresca que va perdiéndose.

Hacia mediados del siglo pasado, San Ángel estaba “decididamente fuera de la ciudad”; era (y en parte es) vivienda de ricos. Pero su atractivo jardín es el centro de una pequeña “comunidad artística” que se reúne ahí cada sábado a vender o tratar de vender retratitos, artesanías, ropa, adornos de todo tipo, y sus calles empedradas se renuevan constantemente. Avenida de la Paz, tal vez la más bonita de todas, fue poblándose de locales que se equilibran entre el bar y el restaurante: las exitosas tapas del Capicua, la excelente cocina francesa de La Bourgogne (probar la cola de res y la bouillabaise), todos desaparecidos o cambiados de nombre porque la ciudad está renovándose siempre, el pan fenomenal de La Trattoria della Casa Nuova; hay bares, pubs, librerías –San Ángel tiene también cierta fama de barrio culto–; hay cantinas como la Providencia, cuyo servicio es amistoso, platicador y conocedor del arte de escuchar, y sus tragos están muy bien servidos y a buenos precios; de su carta no hay que eludir la notable carne tártara, con todos los cuidados de las versiones más elevadas...

La Hacienda de los Goicoechea, al poniente del barrio, fue construida en el año de la famosa sublevación indígena que terminó con el incendio de la alhóndiga –es decir: 1692–, y ha sido de todo: casa del embajador de España; Santa Anna planeó aquí la batalla de Chapultepec en 1847; Zapata y Villa se repartían el norte y el sur de México mientras sus caballos abrevaban de esta fuente; Madame Roux lo hizo posada en 1915, y lo atendió hasta 1942; finalmente fue convertido en restaurante. Se llama San Ángel Inn, está frente a lo que fue la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo –y que hoy es un museo pequeño y sumamente visitable–, y aunque su cocina (crepas de huitlacoche, sopa de tortilla, touristic fare, basically) ha visto mejores tiempos, sigue siendo uno de los espacios más bonitos de la ciudad: en su jardín sinestésico las flores parecen mariposas que toman agua de lluvia, se diría que los pájaros crecen de los árboles; alrededor hay bancas dispuestas para tomar martinis o esperar la mesa interior. O, simplemente, para que la tarde se eche a nuestros pies como un animalito.

El bar

Hacia 1900 los escritores se juntaban para alabarse mutuamente, para leer o recitar algo, para emborracharse, en el Bach o el América, abierto toda la noche sobre Juárez, o al Wondraeck, cuyo dueño, Stanislao, era “rosado y fresco como una manzana de California”, o, si andaban medio políticos, al bar de la señora Faucon en Cinco de Mayo o en La Fama Italiana. Los viajantes encontraban el espectáculo divertidísimo. También eran las primeras épocas de la Ópera, que con sus opulencias muy fin de siècle atraía entonces tantos turistas como hoy mismo. En los cuarenta, las mujeres comenzaron su emancipación bebiendo públicamente en el Cigale o en el Papillon o en el Ritz (para escándalo de las turistas de provincia)… Y la vida palpitante de la noche chilanga, abierta a quien quisiera explorarla, se extendía por los años cincuenta: el Rossignol estaba en un sótano muy oscuro; el Ciro’s y el Champagne Room exigían erogaciones imposibles; el Sans Souci producía variedades cubana; el Casanova y el Waikiki limitaban la Reforma…

Luego la cíclica represión –los setenta, los ochenta, incluso una guerra antinoche iniciada en el año 2000– mandó todo eso fuera de la ciudad o cuando menos lejos del centro: veías los cadáveres de antros con sus grandes letreros de clausurado, a veces incluso con las luces aún encendidas, y te preguntabas “¿qué había aquí?” Pero la ciudad es necia y el centro resurgió. Tal vez vivirá hasta que toda la vieja Tenochtitlan se hunda en un gran charco de aguas negras o la destruya el último terremoto del hemisferio.~