Los mejores mariscos de Mazatlán

 

por Ricardo López Cordero

La tarjeta que cuelga del retrovisor dice que Óscar es socio aspirante de un sindicato de taxistas adscrito a la CNOP. Le pregunto si vale la pena comer en el Cuchupetas y me regresa un entusiasmado “Sí, ahí van hasta los presidentes”. La panza le cubre medio muslo y, aunque comer mucho no siempre significa comer bien, le creo.

 foto: @f0xzulu / instagram

foto: @f0xzulu / instagram

Salimos de la zona turística de Mazatlán y cruzamos un río seco lleno de árboles caídos mientras dice que no sabe porqué los mariscos del Cuchupetas son tan buenos. “Viene gente de todo el mundo”, dice. “La otra vez unos hindúes vinieron y me pidieron que los llevara.”

Tomamos una autopista recién estrenada y salimos de la ciudad. El camino es largo, así que –siendo Sinaloa lo que es– hablamos de beisbol y narcotráfico. “Pobre del que moleste a los turistas acá”, sentencia. “Se las ve con los jefes.”

Llegamos a Villa Unión, a unos 30 kilómetros del malecón de Mazatlán, después de pasar dos parques industriales, una cárcel y lo que queda de otro río. No es mucho más que un pueblo grande con casas chaparras y algunos negocios abiertos. Las bardas anuncian conciertos de banda y norteño. Por las calles circulan viejas picops (¿puede un chilango referirse a ellas como trocas?).

A primera vista parece una fonda cualquiera. Es de un piso, protegido de un lado por un toldo rojo de Coca Cola y un aviso pintado en el cristal de la puerta: “Estimada clientela, no aceptamos tarjeta.” Los manteles piden que “cuando esté en Villa Unión, no olvide visitar el Cuchupetas”, como si el Cuchupetas no fuera la única razón para venir a esta zona.  

Las mesas están cubiertas con plástico grueso y las paredes con fotos de Manuel Sánchez Villalpando, El Cuchupetas, posando con personajes como José Antonio Meade, Andrea Legarreta, o Angélica Rivera. También hay retratos de beisbolistas y políticos sinaloenses. El Cuchupetas tendrá unos 60 años. Sale en todas las fotos presumiendo su repertorio de mandiles blancos, decorados con dibujos de pulpos, pescados y camarones. Trae gafas de aviador y bigote. Cuesta trabajo encontrar una foto en la que aparezca sonriendo.

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Unos días antes de mi visita la periodista Lourdes Mendoza escribió que para su fiesta de cumpleaños el expresidente Carlos Salinas de Gortari mandó traer desde aquí callo de hacha, aguachile de camarón, tacos gobernador y pescado zarandeado. El Reforma reportó que los mariscos fueron un regalo del gobernador del estado, Quirino Ordaz, y El Cuchupetas reviró diciendo que Salinas puede pagar sus propias pachangas. “Nombre, a Quirino no le gusta invitar, es una piedra”, le dijo al Noroeste.                                             

Son las 3 de la tarde y el lugar está repleto de locales y turistas. Junto a la puerta hay tres maletas acomodadas, esperando a que sus dueños terminen con la sopa de mariscos y un ceviche de pulpo. Es normal que los visitantes vengan minutos después de aterrizar o que esta sea su última comida en Sinaloa. El Cuchupetas está más cerca del aeropuerto que del mar.

 Ricardo López Cordero

Ricardo López Cordero

No hay mesa que no tenga una Pacífico helada, de esas que sudan y dejan círculos en la mesa. Después de mi primer trago llega el escuadrón de platos. Aguachile, ceviche de camarón con pepino, tomate y cebolla, empanadas de marlin… Y los callos más grandes y frescos que he probado en mi vida. Hace un par de horas estaban en su concha; ahora descansan frente a mi sobre un plato de plástico, sólo condimentados con una pizca de sal y pimienta.

Luego una retahíla de mariscos, los que usted recomiende, joven, otras tres Pacíficos y la necesaria botella de agua con gas. La cuenta, por favor. De salida, la mesera que abre la puerta grita “¿quién sigue?” a la fila de hambrientos que espera bajo el sol.~