Chilanga en La Norteña

 

texto por: Begoña Sieiro

El chiste es pasar de eso. Ver más allá de la grasita pegada en las paredes, los baños faltos de infraestructura, y lo barato del mobiliario. Dejarte llevar hasta que las bondades de la sangría especial surtan efecto en ti y entonces sí, disfrutar la calidez y el trato familiar de la gente que te atiende, el sabor de la comida casera (incluso los tacos de dudosa procedencia), y la posibilidad de echar a andar la rocola al son de tu placer más culposo.

 
 

Mi primera vez

Todavía recuerdo el primer día que crucé esas puertas. Empezábamos a salir y un día me dijo «¡Vamos a la cantina!». En el camino me contó cómo este lugar tan tradicional en Querétaro desde 1960, era aún más tradicional en su familia, ya que su papá iba desde siempre, incluso con su abuela –quien hoy tiene 97 años y todavía de repente se aparece por ahí. 

Después de estacionarnos enfrente del mercado Hidalgo, caminamos hasta la esquina de Ezequiel Montes y entramos. De inmediato nos encontramos con un hombre mayor, de overoles y pelo blanco, que bebía solo, sentado en la barra. Era el tío Miguel. Después, todos los que atendían el lugar lo saludaron uno por uno de abrazo, algunos muy jóvenes, otros más grandes, pero claramente todos emparentados. Y todos americanistas. La Norteña es una cantina auténtica, no apta para amateurs: cero decoración, poblada de parroquianos de antaño, cimentada en el fanatismo futbolístico y con un caldo de camarón exquisito.

Nos sentamos en uno de los gabinetes del costado, pegados a la pared, y me pidieron una sangría, la receta mexicana, que va con vodka; si pides la especial, lleva varios licores más. Don Luis, el dueño, se sentó en nuestra mesa a hablar un buen rato; del pasado, de su vida, de mi nueva familia política y de mi novio cuando iba mucho. El tío Miguel me convenció de comerme un taco de moronga –no lo vuelvo a hacer nunca jamás–, y sobra decir que rápidamente le hallé el gusto a la bebida de la casa, tomándome más de las debidas. 

Ahora me doy cuenta de que el hecho de que ese día me invitara ahí fue para abrirme las puertas de su historia y hacerme un huequito –sin la intención de que en realidad me gustara ir– para formar parte de un lugar que, más allá de las apariencias, está plagado de anécdotas que se acompañan con un chile relleno y una carne tártara con Saladitas.

Las cantinas como confesionarios

Desde aquella vez me ha intrigado de dónde viene realmente la antigua tradición mexicana de ir a la cantina –en singular, porque los expertos van casi siempre a la misma– y cuál es la atracción tan especial que las distingue.

He preguntado por ahí a quienes sé que van a la cantina desde siempre y no por moda, y concluyo que es parte de su vida cotidiana. Están los que van los lunes, a curarse del fin de semana; algunos toman una bebida, Piedra, que con anís, tequila y Fernet, podría despertar a un muerto. Por otro lado, hay los que eligen ir el viernes, a la hora de la comida, para que les toque el platillo especial que hacen ese día, y como muchos ya no regresan a la oficina, de una vez se vuelve el lugar para el precopeo. También están los de diario, que pasan después del trabajo por una cosita para agarrar valor y volver a casa, o a probar algo de lo que sobró de la comida. Por último están los eventuales, que van desde hipsters que buscan su lugar en el mundo, hasta las novias de los de antaño –como yo–, pasando por el teporochito con el que hacen caridad; la dark, que le gusta esconderse y fumar sin parar; el escritor frustrado que busca dónde comer gratis mientras observa a la clientela en búsqueda de un personaje para su próxima novela; el nuevo vecino que se mudó a una cuadra; y todo aquel que le guste tomar un trago de vez en cuando.

En la cantina te conocen, te reconocen, y te cuidan. En el centro de Querétaro hay varias que se mantienen igualitas, incluso con la misma gente en su día a día: Chava Invita, La Casa Verde, El Rinconcito, 201. Cada una desde su esquina ve pasar los años, o los siglos, recibiendo a sus clientes diariamente, y luciéndose con la receta especial un día de la semana para no perder a los hijos de los que venían cuando no había nada más. 

Hay veces que ir a la cantina es una cuestión hereditaria. De generación en generación. Los hijos de los que atendían les sirven hoy a los hijos de los que iban. De un lado o de otro de la barra son viejos conocidos que se encuentran en un lugar tan familiar para ambos que podría ser la mesa de la casa de cualquiera. 

En la cantina no importan las apariencias ni los apellidos. No tienes que ir vestido de cierta manera o pertenecer a un grupo social. Con que pagues la cuenta al final del día o a fin de mes, estás dentro. No te juzgan. No te etiquetan. La idea es simple: entrar, sentarse, pedir un trago y preguntar qué hay de comida. Disfrutar en silencio o rememorando con el del banco de junto. Repetir cada vez. Las peores discusiones podrían giran alrededor del futbol nacional, pero a las nueve de la noche -algunas hasta las 11– cada quien se despide con un «hasta mañana» que muchos de ellos cumplirán.

Antes, las cantinas solían ser el único lugar para beber. Ahora buscan mantener su identidad en un mundo globalizado que hace que todos los países cada vez se parezcan más entre sí. Las cantinas son los espacios mexicanos en los que el ocio y el placer marcan el patrón que invita a no hacer nada. Beber y hablar con extraños. Son confesionarios modernos y cómodos, sin prejuicios ni pecados capitales, donde tus penas se curan con alcohol y unos taquitos. Aunque todas son cantinas, no hay dos iguales; cada una tiene su sello personal. Me gusta eso, que puedan ser entes aislados de la sociedad en la que vivimos. Dentro de la cantina todos nos reconocemos desde lejos, nos saludamos con un pequeño gesto y nos dedicamos a nuestros asuntos, sin meternos en los de los demás.

facebook/BarLaNorteña

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Receta de sangría cantinesca

Ingredientes:
½oz de jugo de limón
2oz de jarabe natural (endulzante)
1oz de vodka
Vino tinto

Preparación:

Colocar todos los ingredientes, llenar los ¾ restantes del vaso con agua mineral y agregar un poco de vino tinto.

Nota: servir en copa chabela con mucho hielo. En caso de querer la especial, agregar diversos licores al gusto.