Guelaguetza

 

Conversación oaxaqueña con una angelina. Y viceversa.

por Begoña Sieiro; fotos: Samantha West

Para Bricia López, una alegre y orgullosa mezcla entre oaxaqueña y angelina con un marcado acento en su español, conocer Oaxaca es un privilegio que no muchos hijos de migrantes mexicanos asentados en Los Ángeles tienen. Ir al restaurante de su familia, Guelaguetza, es la mejor forma de acercarse a su tierra, a sus raíces: «Que encuentren un pedazo de cultura, de nostalgia, de cimiento en nuestro restaurante. Sus papás los pueden llevar y decirles: hijos, aquí es como Oaxaca. Y para los americanos es una probadita de la comida real mexicana; es educar y descubrir». Guelaguetza es, al mismo tiempo, una auténtica institución oaxaqueña y un reconocido American classic.

Llevar Oaxaca a los oaxaqueños no sólo es parte del éxito del negocio que el señor López fundó, de cierta manera, en 1994 cuando empezó a vender comida oaxaqueña en Los Ángeles, es también el objetivo de sus hijos, quienes manejan el restaurante. «En el 94, cuando la crisis, a mi papá le va muy mal; era mezcalero y como que no veía claro ni para dónde, y decidió venirse a LA a probar. Él tentaría terreno […] y después de un año nos mudamos con él. Me acuerdo que yo llegué y pues, ¡wow! Imagínate… ¡Disneylandia! Para mí todo era ¡wow!», nos cuenta Bricia emocionada.

La familia López nació y creció en Oaxaca. Cuando decidieron buscar fortuna en el norte, la señora López enviaba los pedidos a su esposo, Fernando López, a Tijuana; él los recogía y los vendía de casa en casa en Los Ángeles, a los paisanos que extrañaban los grandes sabores de su tierra: tlayudas, tasajo, cecina, chorizo, quesillo, pan, mole, chiles y chapulines. Llegó el día en que la comida del señor López ya no tenía que ir en busca de los oaxaqueños: suficientes mexicanos lo conocían. Ahora ellos lo encontraban en una esquina de Koreatown, donde sus tlayudas eran famosas. «Mi papá hasta hoy no sabe hablar inglés, así que yo no sé cómo le hizo pero abrió el restaurante», el cual, a pesar de sólo contar con cinco mesas, siempre estuvo lleno. «Él quería comida mexicana auténtica. Nada de burritos, nada de Taco Bell style», Bricia López entiende lo que buscaba su padre hace más de veinte años: «hacer comida para los oaxaqueños. Si alguien más quiere probarla, bienvenido».

Después de una positiva reseña en la primera plana de Los Angeles Times, publicada por el famoso crítico culinario Jonathan Gold, la clientela del Guelaguetza empezó a ser más variada, «y llegaron todos los gringos a comer… Mi papá no sabía ni de dónde habían salido, ni por qué llegaban tantos». Hoy Guelaguetza tiene espacio para 300 comensales, quienes disfrutan de la comida oaxaqueña de verdad: «la materia prima que no se puede cambiar la traemos desde Oaxaca; hay cosas que son insustituibles […] Como aquí hay mucha gente oaxaqueña, no les puedes dar ‹gato por liebre›», confiesa miss López.

Bricia y sus hermanos han aprendido y conservado el oficio de su padre –quien está de regreso en tierras oaxaqueñas con su esposa–, y ahora la familia López se cuenta entre los ganadores del premio James Beard America’s Classics Award, categoría para aquellos establecimientos considerados un verdadero «clásico americano». La entrega anual de premios –organizada por la Fundación James Beard y considerada los Óscares de la comida en EUA– tuvo entre sus nominados en 2015 a dos mexicanos: al chef Enrique Olvera, en la categoría de mejor restaurante nuevo, y al señor Fernando López. Esto exhibe con fuerza la marcada influencia de México en la industria alimentaria norteamericana; es la primera vez en la historia que este reconocido galardón es para un mexicano. «Fue como lo más: ¡Wow! ¡Nos dieron el America’s Classics! […] Es irónico ¿no? Sin mexicanos no existiría esta industria en Estados Unidos, así de fácil, y apenas están volteando a ver nuestra comida».

Guelaguetza y la familia López son, sin que nadie pueda negarlo, un nuevo estilo de American classic. La población mexicana de nuestro vecino norteño continúa en una línea de rápido crecimiento, a pesar de los supuestos esfuerzos gubernamentales –de ambos gobiernos– por evitarlo. Como bien lo dice Bricia, «la industria de la comida es donde más oportunidades encuentran los migrantes mexicanos». Quizá es un momento de transición, el punto entre el rechazo y la adaptación que se da en cualquier cambio: «es algo muy raro, no soy suficientemente americana para los gringos, ni suficientemente mexicana para los mexicanos. Estoy como en medio […] Estas nuevas generaciones son una cultura nueva, un mix de aquí y de allá […] Nos importa mucho la cultura de la que venimos: todavía cuando juega la selección mexicana me pongo la verde [risas], pero también estoy pendiente del partido de béisbol de los Clippers; es una nueva identidad».

La comunidad más grande de mexicanos fuera de México está en Los Ángeles. Bricia dice que son mexicanos pero no como los de México: crecieron con la cultura estadounidense, con papás que no hablan inglés mientras ellos batallan con el español, y con gustos equivalentes por la comida tradicional oaxaqueña y la Tex-Mex. «Todos los chefs de Los Ángeles conocen Oaxaca sin conocerlo […] porque se crea un intercambio de sabores y recetas». Al final, como Bricia y toda la familia López, «parte de la cultura angelina es ser multicultural…», y eso se refleja en las mesas de Guelaguetza.~