De Mar a Mar: Volverás, ¿verdad?

por María Álvarez; fotos: Nuria Lagarde

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La sola idea de ver el mar, escucharlo, olerlo y sentirlo, nos distancia de los embates de la vida cotidiana. Es la promesa de entrar a otro ritmo, de dejar de tener prisa, y –aún más importante– de comer fresco. En una esquina de la Ciudad de México se encuentran las costas de Oaxaca y de Baja California, haciéndonos sentir de vacaciones aunque sea por un ratito.

Era el mes de febrero, tiene que haber sido porque mi socia y yo salíamos de Zona Maco. Estábamos cansadas de dar vueltas y con un hambre brutal. Habíamos hecho el plan de comer ahí, en el pop-up de Mesaabierta, pero al final decidimos comer en casa.

A punto de llegar a nuestros rumbos, a unas cinco cuadras de regresar a cuidar niños y recalentar comida, el tráfico se volvió denso. El taxi quedó detenido en la calle Niza, enfrente de un pequeño local verde agua que contrastaba con el color del asfalto y la urbe. «¿Y si nos bajamos? ¿Y si comemos aquí?» Una de nosotras mintió: «Me han dicho que este lugar es bueno». Lo cierto es que ambas queríamos atrasar el aterrizaje en la rutina doméstica y teníamos enfrente el pretexto perfecto: el taxi no podía avanzar.

A medio camino entre Paseo de la Reforma e Insurgentes, está este oasis gastronómico. 

Si por fuera, con su fachada de cabaña marina, desentona con la grisura de ciudad, cuando entras de plano te aísla y te separa del mundanal caos capitalino. Entre la decoración –hecha por un nostálgico marinero–, el atrevimiento de usar colores pastel en medio de tanto concreto, y la manera grácil con la que te atienden, te sientes sacado de la inercia y entregado al disfrute.

Ese día el local, con apenas unas cuantas mesas, estaba a reventar y nos tocó esperar. Pero ya no había vuelta atrás, ya nos habíamos escapado. Como quince minutos después, cuando nos asignaron una mesa, teníamos tanta hambre que intentamos pedir la mitad de la carta. El mesero, por suerte, no nos dejó seguir con ese método: «Les traigo sus laminados, el aguachile y el ceviche, y ya luego me confirman si quieren lo demás».

La conquista continuó por los ojos… Los laminados se componen de rebanaditas –que son como una lengua firme y fresca– para comerse de un bocado: el de robalo en una salsa de jengibre y el de atún con chiles secos. Traen guacamole, que más bien es mousse, y unos toques de cebollín, ajonjolí, rábano y pepino; de lo suave a lo crujiente. Desde esa primera vez no he podido dejar de pedirlos. El aguachile de camarón y el ceviche peruano son abundantes y coloridos. El primero es menos picante que el típico sinaloense, pero eso se corrige con la salsa de habanero tatemado que lo lleva al sabor ideal y combina extrañamente bien con el eneldo, dándole un carácter distinto. El segundo tampoco es respetuoso de su denominación de origen, pero a estas alturas es lo que menos nos importaba; los cubitos y chips de camote, los granitos de elote y el pescado creaban bocados untuosos y frescos.

En este local de mariscos no hay salsas embotelladas: hay una roja, una de chile verde tatemado y una de habanero tatemado –que si hubiera embotellada yo la compararía–. Las tostadas son de maíz azul, de una comunidad productora en Puebla.

Después de pelearnos por los calditos llegó la hora de ver la carta de nuevo. Queríamos más.

Ahí fue cuando leí «Platillos creados por el chef Eduardo García». Momento de epifanía retrospectiva y prospectiva –obviamente–. Esto confirmó cuán correcta era nuestra apreciación de lo que hasta entonces habíamos probado, lo afinado de nuestro paladar, y qué tan afortunadas y listas éramos al descubrir este lugar antes que nadie. Bueno, no antes que la cuadrilla de oficinistas –que se comportan como parroquianos– que estaban ahí ese martes cualquiera.

Ya no me acuerdo qué más pedimos aquella vez pero en las muchas que siguieron hubo tacos de pescado o de camarón rebosado con ensalada de col crujiente y aromática; empanadas rellenas de una mezcla –que se deshace en la boca– de camarones, queso Oaxaca y chipotle; mejillones a la mantequilla; caldo de camarón; pasta a la marinera –en la que mis hijos buscan pequeños pulpos como si de un tesoro se tratara–; y todas y cada una de las tostadas. Mi favorita es la Vallarta, de pescado molido, pero la que es un festín para los indecisos o los avorazados es la De Mar a Mar, una montaña con trozos generosos de todo: pulpo, pescado, camarones, aguacate y cebolla.

 
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Las primeras veces no pedía postre, prefería pedir otra tostada o uno de los cócteles, igual de frescos y creativos que la comida, hechos con frutas naturales y combinaciones muy exitosas como mandarina con cardamomo o frutos rojos con guanábana y albahaca. La soda de jengibre con o sin ginebra es mi favorita.

Ahora que De Mar a Mar ya no es un secreto y que no quedan muchos medios que no le hayan hecho una reseña puedo decir todo esto. Es importante esperar que el nivel de servicio y la calidez del personal se replique en los otros locales. Gran parte del atractivo del lugar es el trato amable, discreto y profesional que tienen los propietarios, el capitán, y todos los que trabajan ahí. Somos afortunados de que Alejandra Soto tuviera la visión de rodearse de gente talentosa y proveedores de primer nivel, con el fin de abrir el proyecto culinario que ella imaginó y presentar una versión sublime de los frutos de las costas del Pacífico, a través de un restaurante en el DF al que, como al mar, siempre queremos volver.

De Mar a Mar. Niza 13, colonia Juárez, CDMX. (55) 5207 5730.

Ahora, conozcan al chef Eduardo García. Les va a caer a todo dar.