En defensa del Doriloco

Por Tiana Bakic Hayden

@JIMENA OLIVIER

@JIMENA OLIVIER

 

Un día, mientras paseábamos por la soleada Ciudad de México, notamos a un grupo de señoras que, sentadas en bancos sobre la banqueta, chismeaban y comían Doritos con tenedor. Cubiertos y Doritos nos pareció una combinación extraña —¿Cómo diablos te comes unos Doritos con tenedor?—, así que decidimos averiguar un poco más. Resulta que estos no eran unos Doritos cualquiera: eran Dorilocos.

Este descubrimiento es parte de una nueva moda de comida callejera en México; algunas personas dicen que los Dorilocos se inventaron en el norte, en Sonora, otros argumentan que vienen del conocido barrio rudo de Tepito. En realidad no importa de dónde son, pero las múltiples teorías los tiñen un poco de osadía y rebeldía.

Los Dorilocos se preparan dentro de la bolsa de Doritos original, cortándola por lo largo para formar un pequeño saco-plato y agregándole: pepino, jícama y zanahoria rallada, cebolla picada, cueritos, cacahuates y gomitas, al tiempo que se les rocía encima de todo un chorro de Valentina, uno de salsa chamoy, y le dan el toque final con jugo de limón recién exprimido. Todo puede ir coronado con un poco de queso rallado, por si sientes que le falta… sabor.

Para un purista los Dorilocos podrían parecer una degradación de la cocina mexicana; un ejemplo de todo lo que está mal con los sistemas globales de la industria alimentaria. Para mi boca —que admito es propensa al esnobismo y purismo culinario— parece una forma acertada de ver las cosas, pero esto no es una reseña gastronómica. A quienes conocen la comida estadounidense, los Dorilocos les deben sonar extremadamente similares a los tacos Doritos Locos de Taco Bell, que es el producto más exitoso en la historia de esa compañía. (Para quienes no saben de qué hablo, los Doritos Locos contienen los mismos ingredientes que un Crunchy Taco tradicional de Taco Bell —carne molida, lechuga picada y queso amarillo neón— pero con una costra frita hecha de Doritos de diferentes sabores).

Aún a riesgo de convertirme en una relativista extrema en cuanto a alimentación, voy a atreverme a decir que los Dorilocos son absolutamente mexicanos, a pesar de que la base pertenece a Frito-Lay. Y más allá de eso, considero que no son tan diferentes a los deliciosos elotes embadurnados con mayonesa, jugo de limón, chile piquín, sal y queso rallado que los amantes de la comida en Estados Unidos están devorando en los restaurantes de moda —de costa a costa— por cinco dólares cada paleta.

La comida mexicana es una cocina híbrida, y lo ha sido por lo menos desde la época colonial. ¿El puerco en tu taco de carnitas? No es algo muy prehispánico. ¿La mayonesa de tu elote? Lo mismo. ¿El trigo en tu tortilla? Importación colonial española. La lista continúa. Y mientras Frito-Lay puede ser una Enorme y Malvada Empresa Capitalista, la historia de los sistemas alimentarios es básicamente la historia de la opresión, explotación y apropiación. No es algo lindo, pero tampoco es único y particular a los Doritos[*].

Combinar salado, agrio, picante y a veces un poco de dulce es algo popular en México, donde a las frutas frescas se les somete regularmente a un tratamiento de sal-limón-chile, y los condimentos que se agregan a los tacos —desde salsas hasta cebollas y rábanos picados o limón— no son opcionales sino más bien esenciales. Las botanas, desde papas fritas hasta palomitas, usualmente se sirven con el acompañamiento de limón y salsa picante. Por lo tanto, los Dorilocos son sólo una extensión más de esta lógica combinatoria, aplicada a una comida procesada muy similar al «chicharrón preparado» —la comida callejera popular que tiene como base un chicharrón grande y crujiente hecho de trigo frito, y que lleva lechuga, jitomate, salsa picante y jugo de limón encima—.

El historiador de comida Jeffrey Pilcher elogia la creatividad e inventiva de los chefs mexicanos locales quienes, una y otra vez, toman los productos de comida industrializada que permean el sistema alimentario mexicano y se los apropian, proyectando algo inesperado y nuevo. Los Dorilocos son un ejemplo más de este proceso. Quizá no son particularmente deliciosos pero, si ya te vas a comer una bolsa de Doritos, quizás agregar verduras ralladas y proteína no es la peor forma de hacerlo, ¿cierto?

[*] Esto no significa que la compañía de Frito-Lay no merezca ser severamente regulada y fiscalizada. Sí se lo merece. Si sus ejecutivos no se unen al actor Gerard Depardieu en Rusia —al son de alguna canción de los Beatles con ritmo revolucionario—, hay algo que no estamos haciendo bien. En este momento prácticamente nadie hace nada por asegurar que las industrias alimentarias sean responsables, pero estamos muy cómodos haciendo un gran esfuerzo por juzgar los hábitos de consumo de la gente, y esa es una acción terriblemente clasista.

 

 

Nada es demasiado: