Villa de Patos

No es por moda

 

texto por HS; imágenes por Ana Lorenzana

Cuando la comida es rica, el vino abunda y la plática fluye. Cuando el paisaje y la brisa crean una sensación de alegre paz y todos los que se reúnen olvidan la prisa y la rutina. Sobre todo cuando las historias de cómo se hace lo bien hecho nos invitan a hacer lo mismo. Ahí es cuando el tiempo se detiene.

 
 
 
 

Ninguno de los proyectos emprendidos por Emilio y Sofía han sido por novedad ni por moda; llevan años haciéndolo así… Su filosofía de vida se basa en vivir –y compartir esta forma de vida– como muchos quisiéramos y como todos deberíamos; de forma consciente, comunitaria y en sintonía con el medio ambiente: de la tierra y para la Tierra. 

En su rancho todo está donde tiene que estarlo. Está listo cuando tiene que estar. Hay una razón de ser para todos y todo tiene sentido. Al estar ahí, se siente una relación balanceada entre todo y todos: humano-ecosistema-animal-alimento-producto. El campo tiene ese efecto: lograr el equilibrio en todo lo que lo rodea. Además, la confianza depositada en su marca forma parte crucial de este intercambio; para Villa de Patos, que alguien elija sus productos significa regalarles el máximo voto de lealtad. Porque tienen la firme creencia de que hacer alimentos representa la gran responsabilidad de nutrir a quien los consume, además de considerar que el campo es en realidad el mayor proveedor de todo lo que vendemos.

La Gloria –como se llama el rancho– está conformado por un equipo integral: los dueños, sus hijos, todos los que trabajan con ellos y también la comunidad. Daniel, Ananda, Pablo y Esteban son los cuatro hijos de Emilio y Sofía, y todos han sido parte de este proyecto, de hecho ahí crecieron trabajando. Ahora, Pablo y Ananda todavía trabajan con la marca, sólo que desde otros lugares; Pablo ha dedicado sus estudios de posgrado al maguey y ahora vive en Estados Unidos, desde donde maneja y vende los productos por aquellos lares, y Ananda se fue a Guadalajara, donde acaba de abrir la cafetería Este Norte –con productos de Villa de Patos–, en el Hotel Casa Fayette. Ellos dos se han encargado de romper fronteras para llevar la marca más lejos y mostrarla al mundo; le han dado un giro a Villa de Patos para que nosotros pudiésemos ir, conocer y presentárselas a ustedes.

La familia Arizpe no es todo el equipo, ellos mismos saben que no sería lo mismo sin sus expertas «manos derechas» en cada aspecto del rancho. El señor Arnulfo, Nuco, aprendió –a la par que ellos– todo lo que saben de ovejas. Don Teo es quien cuida los magueyes. Juan es el encargado de las vacas y Chati lleva diez años haciendo los quesos, además de un sinfín de personas más –algunos desde hace 30 años– que hacen que todo funcione tan bien. Así como Emilio y Sofía han dado mucho a la comunidad, la comunidad les ha regresado mucho a ellos: cada uno de los personajes que hacen posible Villa de Patos y que sin su conocimiento y trabajo no sería lo mismo.

Llegamos a General Cepeda, Coahuila –ubicado a unos 45 minutos de Saltillo– sin saber muy bien qué esperar. Imaginábamos que una marca que nos gustaba tanto dentro del frenesí que es la vida citadina seguramente venía de un rincón campirano tranquilo y agradable. Lo que descubrimos lo superó con creces.

Sin saber exactamente cuál era la magnitud del lugar, la cantidad de productos que hacían, su historia ni quiénes eran las personas detrás del proyecto, nos sentimos impactados al ver que todo lo que creíamos que sería se quedaba corto. Reímos sin parar con las anécdotas. Gozamos sin control al conocer los confines del rancho. Comimos cantidades industriales de helado de coco mezclado con helado de dulce de leche. Disfrutamos del campo norteño mexicano y de las personas que lo trabajan. Nos quedamos sin palabras, o con tantas que no sabíamos cómo acomodarlas para que tuvieran sentido. Si ubican esa sensación de entusiasmo y estupefacción que causan las sorpresas y las nuevas experiencias, entonces saben de lo que hablamos.

 
 
 
 

Antiguamente, al pueblo de General Cepeda le llamaban Villa de San Francisco de Patos, dado que estos pájaros canadienses migran ahí durante el invierno. Apasionados y congruentes como los hay pocos, Sofía y Emilio Arizpe llegaron al rancho –ubicado en dicho poblado– en 1980, siguiendo una vida llena de historias, que bien podría ser una historia llena de vidas. El lugar pertenecía a la familia de Emilio, quien –al principio– decidió quedárselo porque tenía un montón de recuerdos de su abuelo, y luego se convirtió en su proyecto de vida.

Nos tuvieron horas embobados con sus recuerdos fantásticos; desde la época del movimiento estudiantil del 68 hasta sus años en Zipolite, Oaxaca, donde construyeron una vida lejos de las imposiciones sociales familiares y más cerca de lo natural y las comunidades. Cuentan que, una vez instalados en el rancho, aunque el objetivo inicial era únicamente el autoconsumo, de repente empezaron a crecer y crecer hasta no saber qué hacer: ¿aceptar todo el trabajo y compromiso que implicaba tener un rancho productivo de esa magnitud o mantener únicamente lo que era para ellos y vender lo demás? Fue su pasión y ecuanimidad ante la vida lo que los llevó a hacerlo en grande: a diseñar una marca de productos en armonía con su estilo de vida, a fomentar la economía y cultura locales, y a mejorar la calidad de vida de todos los que ahí trabajan. Así fue como crearon, junto con todo su equipo, un espacio verdaderamente productivo, sustentable y que genera productos saludables y de calidad. Y así, también, empezó Villa de Patos.

Desde entonces y hasta ahora llevan un estilo de vida bucólica, productiva y proactiva, que embona muy bien con esa complicidad que nació entre ellos hace tantos años y que han sabido conservar manteniéndose ocupados cada uno en distintos proyectos; Emilio en el rancho, con Villa de Patos, y Sofía más cerca de la gente del pueblo, con la Casa de Jugar, un lugar para los niños de la comunidad, y Los Portales, un restaurante que ofrece comida casera hecha con productos de calidad a precios accesibles.

Viven entre huertos, en una casita sencilla pero extraordinaria enmarcada por árboles. Cultivan su propia huerta para alimentarse (no han ido a un supermercado en cinco años) y manejan camionetas pick-up a toda velocidad por los caminos de tierra, siempre con una idea nueva bajo el brazo y una sonrisa escondida bajo la sombra del sombrero. Conocen por nombre a todos los que trabajan en el rancho, sus cómplices en todo esto, y Emilio platica con ellos cada vez que nota, desde lejos, cuáles nogales no están bien regados. 

¡Y es que hay nogales por todos lados! Sí, es lo que más hay, aunque también magueyes, membrillos, vacas, ovejas, huertos de alfalfa y de avena, entre otras cosas, todas en convivencia, esparcidas por el rancho. Todo está revuelto, sin divisiones ni áreas específicas; es un ecosistema balanceado.

 
 
 
 

Leche, quesos, res, cordero, pollo, huevos, nueces, membrillos, aguamiel, yogurt, agua de coco, jugo de tomate, pulque, agua de maguey, jugos, pan, helados, mayonesa, cátsup… En total, Villa de Patos genera más de 100 productos diferentes; sustentables, hechos con pasión y, cómo no, ricos. Pablo y Ananda son quienes se encargan de acercarlos a los diversos rincones de México y, cada vez más, de otros países, así como de mantener actualizada la marca.

Compuesto de muchos micromundos que se enlazan entre sí, todo forma parte de un ciclo natural armónico y artesanal: a mano se ordeñan las vacas y se recogen, escogen y separan las nueces; la leche de oveja se usa para los yogurts y quesos; se respetan las temporadas, se hace composta con las cáscaras, y obviamente no se utilizan pesticidas, antibióticos ni hormonas. Nada se desperdicia. Además tienen otro rancho en Colima, un lugar tropical donde cultivan el coco. Y una fábrica de ixtle, que es la fibra del agave lechuguilla, para hacer cepillos y otros objetos. 

Llegamos a La Gloria sin saber que encontraríamos justamente eso: un espacio que existía en nuestro imaginario como el rancho productor idílico. Una especie de utopía orquestada por un par de seres y lograda por un grupo de personas incansable, de donde nos fuimos unos días después con el mejor sabor de boca.

Aquella vez se detuvo el tiempo mientras tomábamos leche bronca ordeñada por nosotros mismos y cargábamos ovejas recién nacidas. Cuando tomamos aguamiel directamente extraído del maguey y probamos todos los productos que ahí se hacen. Al escuchar sus memorias y mientras aprendíamos de la gente y de la tierra. Se detuvo el tiempo en la mesa y en el rancho; esa noche y con la plática. En la producción y en los sabores. Aquel día nos abrieron las puertas del laboratorio para revelar que siempre hay nuevas ideas por explorar, y también las de su casa, donde desde su jardín rodeado de nogales compartieron sus locuras y la evidencia de que lo que se cultiva con congruencia y en conjunto, se cosecha con satisfacción y repleto de frutos.

 
 
 
 

Visitar Villa de Patos fue experimentar de forma auténtica de lo que se trata trabajar el campo, la producción orgánica, los procesos sustentables y el respeto por la tierra. Seguro lo recordaremos siempre, como ellos recuerdan su trayectoria, y lo platicaremos una noche que se pare el tiempo. Ojalá sea en nuestra mesa. En nuestro jardín. Con nuestros propios relatos sobre cómo vivimos en armonía con el planeta y la comunidad… Ojalá algún día el trabajo de nuestras vidas sea tan entrañable como el de quienes les acabamos de contar.