El árbol de las maravillas

texto por HS; fotos: Ana Lorenzana

 
 
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He aquí una verdad que tal vez no hayan escuchado: el maguey podría ayudarnos a salvar un pedazo de mundo.

Nomás hay que acercárnosle con los ojos abiertos. Hay que recuperar sus usos. En la larguísima tradición de su cultivo, al menos en México, hay de todo. En su Historial natural y moral de las Indias de 1590 (XXIII, ‹Del maguey, y del tunal y de la grana›), José de Acosta dice muy ponderador: «El árbol de las maravillas es el maguey, del que los nuevos o chapetones (como en Indias los llaman), suelen escribir milagros, de que da agua y vino, y aceite y vinagre, y miel, y arrope e hilo, y aguja y otras cien cosas». Y se queda corto. Mauricio González, maestro en ciencias de plantas medicinales y experto en plantas útiles, recuerda que Mayahuel, la deidad identificada con el maguey en Mesoamérica, era representada con múltiples senos. Esto significaba, dice Mauricio, «que del maguey no sólo se obtenía agua dulce; se obtenían fibras, combustible, material para construcción, para costura…» Es difícil encontrar una planta tan aprovechable como ésta.

Más aún: es una planta tremendamente útil para la tierra. Imaginen un pedazo de tierra seca, erosionada; una tierra donde puede haber fríos de menos diez grados o calores altísimos. Una tierra en apariencia inutilizable. Lo común es que una zona como esa, desertificada, sea explotada con animales –chivas, normalmente–, pero esto fomenta que acaben con lo poco que queda en la zona; propicia que aumenten las áreas desérticas, y por tanto contribuye a la decadencia del campo.  El maguey puede salvar una tierra así. No sólo detiene la erosión sino que la revierte: es un regenerador del suelo. Escuchemos a Mauricio: «La planta es retenedora de suelo; genera una buena cantidad de oxígeno, absorbe bióxido de carbono», uno de los gases invernadero causantes del calentamiento global. Los beneficios de esta planta «se ven directamente sobre el suelo, sobre el mantenimiento del ecosistema». El maguey crece contra todo pronóstico. En las áreas más castigadas de México (y el mundo), los desiertos, de donde la población debe emigrar por falta de trabajo y falta de agua –de condiciones favorables para la vida–, el maguey puede crecer, florecer (en su ciclo de vida, sólo lo hace una vez) y regalar sus beneficios. «Es de esas plantas ‹pata de perro›», dice Mauricio, «esas que tú prácticamente las dejas ahí y se desarrollan solitas».

Una virtud más: en varios lugares del mundo se está investigando la posibilidad de producir biodiesel a partir del agave. «Tiene todo el potencial para producirlo. Es una de las áreas alternativas hacia el futuro para la producción de energía sustentable», asegura Mauricio.

 
 
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El maguey es una planta al mismo tiempo subvaluada y sobrevalorada. Como género, considerando que hay alrededor de 200 especies de agave, está terriblemente desperdiciada. Pero hay especies individuales, como el Agave Tequilana Weber (con el que se produce el tequila), que están sobreexplotadas. «También se puede decir que existe una sobrevaloración del mezcal», continúa Mauricio, «lo que lleva a ejercer una presión tremenda sobre agaves silvestres». Para no ir más lejos, 18 de las 40 especies silvestres de agave que hay en Oaxaca –de donde suelen provenir los mezcales más apreciados o hypeados– están en peligro de extinción. Es un problema serio. Pero cuando la planta se somete a un cultivo inteligente y sustentable, ya no se corre el riesgo de la extinción, y «se vuelve una simbiosis entre el ser humano y esa especie», explica Mauricio.

Fuera de los destilados, los productos de agave para consumo humano pueden traer grandes beneficios para la salud. «El aguamiel de maguey –el dulce mexicano por naturaleza– ha sido estudiado en el mundo y hasta el momento no existe un alimento que se le acerque en cuanto a su capacidad prebiótica». Es decir, a su capacidad de crear flora intestinal. «Esto cobra una doble o triple importancia porque existe una enorme pérdida de flora intestinal en poblaciones urbanas y rurales por el tipo de alimentos que se están consumiendo (refinados, bajos en fibras)». El agave puede volverse crucial para recuperar la salud del mexicano –de toda la gente.– Pero, aguas, no hay que confundir el aguamiel de maguey con el jarabe de agave, alto en fructosa, nacido de la sobreexplotación del agave Tequilana Weber. Hay una diferencia, en palabras de Mauricio, «del cielo a la tierra». Y he aquí que el jarabe de agave, que se comercializó en algún momento como «benéfico para la salud», sobre todo fuera de México, dejó una sombra sobre el aguamiel de maguey. Una vez que esta sombra se levante, «se generará una demanda importantísima de aguamiel y esto puede ser un beneficio enorme para las zonas desérticas de México».

Luego está el pulque. Es una bebida de baja graduación alcohólica y, como no es otra cosa que el aguamiel fermentado, «es nutritivo; tiene muchas de las propiedades prebióticas y benéficas del aguamiel».

El camino requiere paciencia y planeación. La vida de un agave aguamielero (o pulquero) es de entre nueve y doce años. Llegado este punto, el productor capa el maguey –literalmente le corta el aparato reproductor, llamado quiote– y «lo deja descansar» durante más o menos un año. En este lapso el maguey trata de cicatrizar creando el líquido que después será el aguamiel (y todavía después: el pulque) y en ese proceso engorda. Pasado este periodo de engorda, el productor horada la piña del maguey y recupera diariamente el aguamiel, a veces hasta durante 190 días, sin dejar que cicatrice la herida infligida sobre la planta. Es un proceso antiquísimo que algo tiene de bello y de triste también. Pero ese agave muere inmediatamente después y hay que considerar haber plantado un sustituto hace nueve años para que el ciclo continúe. Es una inversión a largo plazo, cuyo retorno es invaluable.

Por supuesto: hay que colaborar. Hay que plantar ya. Y hay que consumir sus productos. Por lo pronto, hay que probar aguamieles y mieles del maguey, hay que probar otros destilados de agave –raicilla, sotol, bacanora–. Y vámonos por unos pulques.

 
 
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