In Defense of Food

por March Castañeda

  Lucy White

Lucy White

 

Este texto apareció en nuestro volumen diez. Si quieren comprarlo, pásenle por acá o por acá. Y ya que andan en esas, suscríbanse a HojaSanta. Es buena idea.

 Dieta abstemia. Dieta saludable. Dieta enemiga de los carbohidratos, las grasas y las cervezas del jueves en la noche: te odio. Medios, nutriólogos, amigos veganos y culpas rezagantes me dicen que deje de comer ciertos grupos de alimentos. No way. Necesito energía… Y felicidad. La razón por la que todas las dietas diabólicas y escuálidas de año nuevo –o cualquier época– fracasan es porque buscan que cambiemos nuestros hábitos alimenticios drásticamente de un día para otro –y sin siquiera una copita de tinto para ayudar.

La clave para la salud, al parecer, se ha convertido en un proceso de eliminación. Y no hay peor manera de alcanzar la tan deseada, y creo que inexistente, dieta perfecta.

Mis amigos todavía dicen: «Llevaré mi propia cena, estoy en la dieta de las proteínas, cero carbs para mí» o «Oh no, yo sólo quiero la guarnición, mi yo del 2016 es vegetariano»… Pero yo he elegido la filosofía de Michael Pollan: come comida. Y en «comida» entran todos los grupos de alimentos, incluso el pain au chocolat que me regresa el alma al cuerpo cuando siento que estoy por quebrarme.

El escritor y embajador de la alimentación saludable y sostenible ha escrito varios libros sobre cómo un acto tan sencillo como comer se ha convertido en un campo de minas. «El problema de la alimentación», dice en In Defense of Food, su bestseller publicado en 2008, «es que se ha vuelto extraordinariamente complicada». En este libro Pollan decretó su ahora famoso manifiesto: Eat food. Not too much. Mostly plants [Come comida. No demasiada. En su mayoría plantas]. Esta declaración se convirtió en un mantra que repite en todos sus escritos, conferencias y ahora en su más reciente trabajo documental, llamado igual que su libro y producido por PBS.

 
 Clive Williams, Ken Light

Clive Williams, Ken Light

 

Es interesante acompañar a Pollan en sus amenas exploraciones científicas sobre el origen de la comida y cómo ésta afecta a nuestro organismo a través de un documental que pasó de ser una serie por episodios a un largometraje. Aunque tiene más importancia cómo utiliza el concepto healthy-ish: algo así como «con características saludables, no absolutamente saludable» aplicado a la alimentación. Para él, este tipo de comida es «la casera, deliciosa y reconfortante, que casualmente es buena para nosotros».

Healthy-ish es el equivalente al «acábate tus verduras y después puedes comer un poco de helado» que nos decían las madres en nuestra infancia. Es decir, se refiere a que podemos comer de todo pero de forma inteligente y con moderación. Healthy-ish va en contra de las tendencias alimentarias fascistas que nos obligan a abandonar las comidas que más nos gustan –algunas incluso nos hacen sentir mal por ser omnívoros–. La mejor forma de conseguir la alimentación que nos hace el mayor bien es encoger los hombros cuando nos demos cuenta de que no podemos comer pescado asado y verduras al vapor toda la semana, pero que podemos compensar la cena de pasta y carne con una ensalada a la hora de la comida. El principio es fácil de recordar: todo se disfruta más con moderación, inclusive la moderación. Así de simple.

Lo malo es que la industria alimentaria, las religiones y otras costumbres culturales han predicado por siglos la misma premisa de consumo: estos alimentos son malos y te matarán –o te convertirán en pecador, según sea el caso–. Lo más gracioso es que esos alimentos definidos como malos han cambiado con los años. En In Defense of Food Pollan nos cuenta lo arraigado que está nuestro miedo a la comida (anécdota reciente: «dejaré de comer tocino de por vida, no quiero morir de cáncer. Gracias OMS»). Nos cuenta, por ejemplo, cómo en el siglo XIX la gente se dejó llevar por los predicamentos de un tal John Harvey Kellogg quien, convencido de que la proteína era mala para la salud, satanizó al nutriente por completo y decidió «salvar al mundo» al crear productos procesados a base de carbohidratos (harinas y azúcares). Los terrícolas de hace dos siglos compraron la idea –y toneladas de Corn Flakes– tal como los del XXI se creen que el gluten es el diablo tentándonos en forma de fetuccini y conchas de vainilla. El absolutismo alimentario no es el camino, amigos.

 
 Ken Light

Ken Light

 

Quizás en algunos años el nutricionista más famoso de entonces se ría de la dieta omnívora y moderada que propone Pollan, pero mantengámonos en el presente. ¿Qué tal si dejamos de estresarnos y sólo comemos? Claro, hay que usar nuestra inteligencia humana para decidir bien lo que llevamos a nuestra boca. No es tan difícil. La mejor forma de hacerlo es cocinar en casa tanto como podamos y, cuando se trate de hacer las compras, seguir una simple regla: «si viene de una planta, cómelo. Si está hecho en una planta, no». La razón, según Pollan: «Es muy probable que si cocinamos en casa no agregaremos químicos por montón. Además de que seguramente hornearemos las papas o saltearemos las verduras con un poco de mantequilla en vez de aventarlas a una alberca de aceite hirviendo».

No seamos ascéticos. Mejor pensemos lo que comemos, cuándo, cómo, cuánto y por qué. Podemos consentirnos cuando la ocasión lo amerite, pero comamos inteligentemente la mayor parte del tiempo. Es una filosofía de alimentación sensata, moderada y, sobre todo, realizable. No suena como la opción más atractiva cuando queremos perder todos los kilos ganados en diciembre pero, a diferencia de intentar (sobre)vivir sin carbohidratos –que el Señor nos libre– o sin alcohol –oh, Dios no nos odia tanto–, comer healthy-ish, como Pollan sugiere, es algo que sí podemos soportar. Incluso gozar.

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